Aquí abajo en el suelo (y II)

El problema de estar aquí en el suelo es que no sabes qué ocurre ahí arriba en el cielo. ¿Con quién compartes tu cama de nubes? ¿Quién te mira y te toca cuando te quitas tu vestido de estrellas? ¿Quién comparte tus momentos de oscuridad cuando se va la luz de la luna? Aquí abajo en el suelo tan sólo estoy acompañado de mi soledad, y lo único que puedo hacer es hablar solo con los dos. Pienso muchas cosas, pienso en ti, en mí, en todos los que vuelan ahí arriba contigo…

Recuerdo cada uno de los momentos en los que bajas hasta aquí debajo, me tomas de la mano y remontas el vuelo conmigo a tu lado, abrazado a ti. Todos ellos me odian, porque al fin y al cabo me envidian, envidian que esté en tu compañía, que me apropie del lucero que ilumina el firmamento. También los envidio a ellos, porque tienen alas y pueden volar a tu lado. Podría decir que ellos no conocen tu piel como yo, pero no lo sé. Es lo que ocurre cuando vives aquí abajo en el suelo, la incertidumbre, la duda, acaba siendo una compañera perpetua.

Sobrevivo al frío que hace aquí abajo tan sólo porque recojo cada una de las plumas que caen de tus alas, las tomo mientras caen flotando desde las alturas, y las guardo en mi rinconcito para abrigarme con ellas y dormir rodeado de tu aroma, recordando momentos mejores y sumido en sueños agradables que me hacen olvidar lo lúgubre que es la vida en el suelo.

Me marcho a dormir, tan sólo deseando aparecer fugazmente entre tus sueños, ya que siempre estás presente en los míos.

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