Aprende a suicidarte (y IV)

Continuamos con la serie de historias sobre el suicidio.

Miraba aquella noticia en el periódico con una mezcla de curiosidad y aprensión. Al parecer la policía forense no se explicaba el por qué de la bombona. La autopsia había revelado que la causa de la muerte fue la fractura cervical y la asfixia por la cuerda que se había atado al cuello. No había tenido tiempo de intoxicarse con el gas butano y la deflagración le había provocado daños postmortem. De no haber sido por el gas no había saltado por los aires la puerta matando en el acto a aquella adolescente. Dobló el periódico a la mitad y comenzó a andar hacia el cuarto de baño.

Cuántas cosas había dejado pendientes, cuánto por experimentar y conocer, una lástima. Sin embargo, ella no tenía nada que la atase a aquella vida, no tenía hijos ni deudas y hacía muchos años que se había marchado de su casa. Desde entonces no había vuelto a hablar con su padre, y sabía que seguía vivo por los artículos que escribía en la revista. No quería volver a recordar aquel día, cuando lo encontró en casa con otra mujer en la cama que fue de su madre, muerta hacía dos años. Había mancillado su memoria acostándose con aquella furcia y ella jamás se lo perdonaría.

Estaba sola en el mundo, no tenía ningún amigo y muy pocos conocidos, y este sentimiento de soledad sólo conseguía reafirmar su decisión. No tenía trabajo, la herencia de su madre la mantenía en una vida de semilujo, y pasaba sus días ejercitándose en el gimnasio y cuidando su esbelta figura sólo como pasatiempo. Se miró en el espejo y éste le devolvió la imagen de una mujer muy bella pero de mirada triste y melancólica. Sabía que no había ninguna mujer de treinta años con un cuerpo tan perfecto, lo que conseguía que cualquier hombre o mujer se pusiese a sus pies. Sin embargo, esta posición de poder sobre los demás tan sólo acrecentaba el desprecio que sentía por su vida vacía y sin rumbo.

Comenzó a desnudarse pero de pronto se detuvo, no quería que los que llegasen a buscarla disfrutaran gratuitamente su cuerpo, así que se metió en la bañera llena de agua caliente con el tanga y el sujetador aún puestos. Cogió el bote de las pastillas y se tomó un puñado acompañado de un martini que estaba demasiado caliente para su gusto. Cerró los ojos y dejó que el sueño la embargase.

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