Excepto a veces

Me va muy bien sin ti.

Excepto cuando cae una lluvia suave que gotea de las hojas como lágrimas, y entonces recuerdo la emoción que me provocaba estar abrigado en tus brazos, junto a tu pecho.

Te he olvidado tal y como debería, por supuesto que sí, excepto cuando miro tus fotos, escucho tu nombre aunque no seas tú a quien llama, o alguien que pasa a mi lado lleva tu mismo perfume.

Pero te he olvidado tal y como debería.

La verdad, qué idiota soy al pensar que la razón podría engañar a la emoción. ¿Qué hacer? ¿Debería enviar una carta? ¿Debería llamar una vez más? No, es mejor que siga con el plan.

Sin ti, por supuesto, pero me va muy bien.

Excepto tal vez en invierno, cuando el frío que repta por mi cuerpo intentando atraparme me recuerda el calor que nos regalábamos bajo las sábanas.

Pero me va muy bien sin ti, por supuesto que sí.

Excepto tal vez en primavera, en verano, o en otoño, aunque sé que nunca debería pensar en las estaciones que ya han pasado o que han de llegar, porque eso seguramente volvería a romper mi corazón en dos.

Una vez perdí mi nombre

Una vez perdí mi nombre, y poco a poco empecé a morir.

De la noche aquella a la mañana de después, como un regalo imprevisto, dejaste de llamarme «cariño», «mi amor» y tantas otras palabras que me hacían vivir. Y ya se sabe que aquello que no tiene nombre deja de ser, aunque esté ahí.

Me mentiste muchas veces; pequeñas pero numerosas mentiras.

Cada excusa que no me permitía verte, cada agobio y problema que te frenaba, cada explicación a las marcas que aparecían en tu piel. Eras como el sol de aquel invierno que compartimos, con calientes promesas que al final quedaban en calles frías y mojadas.

Aunque, mirándolo con perspectiva, tampoco nos podemos rendir demasiadas cuentas porque yo también te mentí, aunque sólo fuera una vez: cuando en los peldaños de aquella escalera me preguntaste si te quería.

Y yo te respondí.

Conversaciones con Demian

Las clases de la mañana se habían transformado por completo. Ya no eran adormecedoras y aburridas. Me hacían ilusión. A veces escuchábamos los dos al pastor con la mayor atención; y una mirada de mi vecino bastaba para que me fijara en una historia curiosa, en una frase extraña, y otra mirada, muy especial, bastaba para alertarme y despertar en mí la crítica y la duda. 

Pero muchas veces éramos malos alumnos y no oíamos nada de la clase. Demian era siempre muy correcto con los profesores y con los compañeros; nunca hacía tonterías de colegial, nunca se le oía reír ruidosamente o charlar, nunca provocaba las reprimendas del profesor. Sin embargo, en voz baja, y más por señas y miradas que por palabras, supo hacerme partícipe de sus propios problemas. Estos eran en parte muy curiosos.

Me dijo, por ejemplo, qué compañeros le interesaban y de qué manera les estudiaba. A algunos les conocía muy bien. Un día me dijo antes de clase:

–Cuando te haga una señal con el dedo, fulano o mengano se dará la vuelta para mirarnos o se rascará la cabeza.

Durante la clase, cuando apenas me acordaba ya de aquello, Max me hizo una señal muy ostensible con el dedo; miré rápidamente hacia el alumno señalado y le vi en efecto hacer el gesto esperado, como movido por un resorte. Yo insistí en que Max hiciera el experimento con el profesor, pero no quiso. Sin embargo, una vez llegué a clase y le conté que no había estudiado la lección y que confiaba en que el pastor no me preguntara. Entonces Demian me ayudó. El cura buscaba a un alumno para que le recitara un trozo del catecismo, y su mirada vacilante se posó sobre la expresión culpable de mi rostro. Se acercó lentamente y alargó un dedo hacia mí; ya tenía mi nombre en los labios cuando de pronto se puso inquieto y distraído, empezó a dar tirones de su alzacuello, se acercó a Demian, que le miraba fijamente a los ojos, pareció que quería preguntarle algo, y finalmente se apartó bruscamente, tosió un rato y llamó a otro alumno.

Poco a poco, en medio de aquellas bromas que tanto me divertían, me di cuenta de que mi amigo, a menudo, también jugaba conmigo. A veces, yendo al colegio, presentía de pronto que Demian me seguía y, al volverme, le encontraba efectivamente allí.

–¿Puedes conseguir, de verdad, que otro piense lo que tú quieres? –le pregunté.

Me respondió amablemente con la tranquilidad y objetividad de su madurez adulta:

–No –dijo–, eso no es posible. No tenemos una voluntad libre, aunque el párroco haga como si así fuera. Ni el otro puede pensar lo que quiere, ni yo puedo obligarle a pensar lo que quiero. Lo único que puede hacerse es observar atentamente a una persona; generalmente se puede decir luego con exactitud lo que piensa o siente y, por consiguiente, también se puede predecir lo que va a hacer inmediatamente después. Es muy sencillo; lo que ocurre es que la gente no lo sabe. Naturalmente se necesita entrenamiento. Entre las mariposas hay, por ejemplo, cierta especie nocturna en la que las hembras son menos numerosas que los machos. Las mariposas se reproducen como los demás animales: el macho fecunda a la hembra, que pone luego los huevos; si capturas una hembra de esta especie –y esto ha sido comprobado por los científicos– los machos acuden por la noche, haciendo un recorrido de varias horas de vuelo. Varias horas, ¡imagínate! Desde muchos kilómetros de distancia los machos notan la presencia de la única hembra de todo el contorno. Se ha intentado explicar el fenómeno, pero es imposible. Debe de tratarse de un sentido del olfato o algo parecido, como en los buenos perros de caza, que saben encontrar y perseguir un rastro casi imperceptible. ¿Comprendes? Ya ves, la naturaleza está llena de estas cosas, y nadie puede explicarlas. Y yo digo entonces: si entre estas mariposas las hembras fueran tan numerosas como los machos, éstos no tendrían el olfato tan fino. Lo tienen únicamente porque lo han entrenado. Si un animal o un ser humano concentra toda su atención y su voluntad en una cosa determinada, la consigue. Ese es todo el misterio. Y lo mismo ocurre con lo que tú dices. Observa bien a un hombre y sabrás de él más que él mismo.

Hermann Hesse. Demian

Cambio de nombre

Después de mucho pensarlo y de comprobar cómo cada navegador presentaba el título de Liberitas como le daba la gana, he decidido cambiarlo después de más de seis años desde su creación. Ya no aparece ese carácter unicode que tantos quebraderos de cabeza me ha dado, «Rub el hizb» la llaman.

rub el hizb

El problema es que pertenece a la codificación arábiga y teniendo en cuenta que en ese idioma se escribe de derecha a izquierda pues ya se pueden imaginar el lío. Eso sí, el favicon no va a cambiar.

Cuando tu nombre rimaba con amor

El color del otoñoDesde el recuerdo ha surgido una idea.

Definiciones

El amor puede ser todo y a la vez nada,
una simple palabra sobre el papel escrita,
un difícil problema en las matemáticas,
en la historia motivo de muchas batallas,
una reacción a una acción para la ciencia,
en el arte texturas, colores y formas…
Para mí es todo eso, más, y sólo una persona.

Recuerdo cuando tu nombre rimaba con amor, eran otros tiempos y nosotros también éramos otros.

Inspiración acuática

1940.Garachico TemporalNo sé qué ocurre en la ducha, pero para mí funciona como fuente de inspiración. Debe ser el agua…

Esperar

Esperar por tu amor es aguardar una tormenta
que antes de ser furia y caos fue una tranquila calma,
pero al igual que aquel reo espera final sentencia
y que con gran vehemencia inocente se declara.

Esperar por esos labios a mi ser no apacigua
y tu piel a mi piel cual dulce tentación se antoja,
mientras llamas de inquietud de mis entrañas afloran
tratando en vano despertar de ese sueño a tu alma.

Esperar por ti es un mal capricho que se desea
como el hambriento que mira el fruto que ha madurado,
como todas esas letras que a tu nombre dan forma
y con las que mi abecedario ansía ser completado.