Crónica de un beso anunciado

beso

Fue así, de repente. Apareció ante mis ojos y estaba allí, sentada esperando, supuse, a ser llamada al despacho. Sinceramente no sé qué fue, no sé decir cómo fue, pero se adueñó de mis pupilas y allí se quedó. Fueron sus formas caprichosas, fueron sus labios carnosos, fue a lo mejor su mirada inocente, no lo sé.

Algo en mí instaba a que mi sentido común hiciera acto de presencia y solicitase la vuelta a la realidad mientras la parte más visceral de mí comenzaba a inquietar mi estómago y mi corazón. Mientras pasaba a su lado sin que apenas ella notase mi presencia, haciendo alarde de mi innata capacidad para pasar desapercibido, yo ya estaba pensando en dónde y cuándo sería la próxima vez que la pudiese ver de nuevo, porque ese era mi mayor deseo, volverla a ver y poder deleitarme una vez más del delicioso néctar que emanaba de ella y bebían mis ojos y emborrachaba mi mente.

Pero, incluso así, después de imaginar mil y un reencuentros, de nada me sirvió mi imaginación para prepararme ante la sorpresa de volver a tenerla ante mí, más cerca que la última vez, conocer su nombre y escuchar su voz. Un torrente de sensaciones bullía dentro de mí mientras intentaba mantener la fachada de tranquilidad y seriedad, una y otra vez, en cada ocasión que nos volvíamos a encontrar, cruzábamos palabras banales y superfluas, manteniendo dentro de mí todos los pensamientos que germinaban en cada nuevo encuentro.

El tiempo pasó y, siembre amparado bajo el axioma de «nada surge de la nada», logramos al fin lo que tanto deseábamos hacer y no nos atrevíamos a iniciar. Cuando mis labios rozaron los suyos, como un castillo de naipes me derrumbé hasta su boca como si un remolino de aguas frescas y rejuvenecedoras me hubiese atrapado, y es que en verdad me hacía sentir como el chiquillo que descubre por primera vez el beso largo tiempo ansiado.

Y continuamos besándonos, ahora con la suavidad de la pluma que acaricia, ahora con ímpetu desbordante, ahora rápido y a hurtadillas, ahora largo como un paseo por prados en flor. Así eran y así son, besos.

Costumbrismo interpersonal

costumbrismoLos seres humanos somos animales de costumbres, animales sociales al fin y al cabo que requieren de relaciones con otros, semejantes en su forma, pensamiento. Adaptamos nuestra rutina diaria a la de otra persona con quien compartimos la mayor parte de nuestro tiempo, como dos engranajes deben encajar el uno con el otro para conseguir su movimiento sincronizado. A veces surgen roces, acritudes, situaciones que amenazan la estabilidad del mecanismo, es inevitable. Otras veces la conexión es tan perfecta que resulta difícil pensar que en algún momento pudo o puede llegar a fallar.

Esto es la compañía, las relaciones interpersonales, compartir el mismo hábitat vital con otra persona. Lo más curioso es, quizás, cómo nos acostumbramos a la compañía y cómo nos sentimos extraños ante su ausencia. Cómo estamos forzados a olvidar lo que tuvimos que aprender para poder convivir, la separación, la pérdida de la rutina de la costumbre. Para algunos, una paz y una bendición, y para otros, un auténtico síndrome de abstinencia.

¿De qué depende esta diferencia? Principalmente de la cantidad de tiempo donado a la convivencia y, sobre todo, la calidad de la misma. A mayor calidad, el factor tiempo siempre resulta insuficiente, siempre queremos más y más. Es por eso que a mayor calidad, mayor sensación de pérdida.

Personajes literarios

A menudo sucede que nos identificamos con personajes de alguna película, alguna serie, alguna canción… Hoy toca hacer una lista de personajes literarios con los que me indentifico total o parcialmente:

  • El Principito. Personaje de la novela homónica de Antoine de Saint-Exupéry, rebosa curiosidad por todos los lados. También es bastante caprichoso y cabezota, dos cualidades que a veces harán sufrir al resto de personajes con los que se encuentra.
  • El Salvaje. Personaje de la novela «Un mundo feliz» de Aldous Huxley. Firme defensor del amor, el romanticismo y la belleza de las palabras de los grandes autores de la historia, incomprendido de la sociedad anodina que lo adopta.
  • Harry Haller. «El lobo estepario» de Hermann Hesse, siempre en lucha sus dos almas, la humana y la lobuna. Excluído de la sociedad por su propia condición, siempre analizando y meditando sobre cualquier detalle del mundo, bien para gozar de él o para sufrir con él.

Quién sabe si seguiré aumentando la lista…

El bloqueo

bloqueoTenía pensado escribir palabras elevadas, con sentimiento, de esas que dan que pensar, pero hace ya tiempo que sufro de lo que se denomina «el bloqueo del escritor». No se me ocurre nada sobre lo que hablar. Paso el tiempo delante del teclado con una pantalla en blanco que parece que me mira con ojos inquisidores pidiendo uno o dos párrafos de palabras interconectadas, con cierta coherencia y algo de sustancia. Es entonces cuando buceo en los archivos de mis palabras y leo cosas que, lejos de ser dignas de premios y alabanzas, al menos tienen fuerza.

¿De verdad era yo el que escribía esas cosas? ¿Acaso se acabó todo lo que tenía que decir? No lo creo, es sólo que mi situación actual no me da ningún motivo de escritura, no tengo apenas miserias sobre las que escribir quizás porque no las tengo en mi vida y no me incitan a hablar sobre ellas. Es eso, prefiero mi estabilidad actual en detrimento de mi creatividad, nada más.

Fred. Olsen dice SÍ

Yo lo tengo claro, si nada me lo impide, este año, después de cuatro años de ausencia, me voy a mi casita en Valle Gran Rey acompañado y con coche por 100 euros ida y vuelta. Se ve que se están poniendo las pilas para promover el turismo «interior» y evitar que la gente de aquí se busque sus vacaciones en otro sitio. Es cuestión de facilitar las cosas, nada más, porque los pasajes la verdad es que suelen estar caros por norma general.


De gafapastas

velma¿De verdad te crees tan moderna con ese flequillo recto a la altura de las cejas? ¿Te consideras a la moda por llevar esas gafas de montura de pasta? Eres una copia burda a modo de collage de modas pasadas.

  • Las gafas de montura de pasta ya las lucían a mitad del siglo pasado Audrey Hepburn o Jackie Kennedy, señoras en toda la extensión posible de la palabra.
  • El flequillo recto, recuerdos de los años cincuenta y sesenta también, de las chicas enloquecidas con el rock & roll de los Rolling Stones y los Beatles.
  • Los pantalones vaqueros estrechos, también del siglo pasado, vestimenta típica de los «rockabillies», esos que salían en la peli de Grease.
  • Las zapatillas Victoria son una copia de las originales y genuinas zapatillas Crube de toda la vida, esas que se compraban en el Número 1.

Resulta, cuanto más que curioso, que seas una copia de Velma Dinkley, la primera gafapasta de la que se tiene constancia. Quizás por el nombre no la conozcas, pero nació como personaje en 1969 de mano de la productora de Hanna-Barbera, la misma de Pedro Picapiedra y El Oso Yogi. ¡Sí, es un dibujo animado! No es nada más ni nada menos que la listilla del grupo de Scooby-Doo.

scooby-doo

Son cosas como estas las que hacen que cada día me reafirme más en una idea que me asalta desde hace tiempo:

Las ideas creativas se han acabado, ahora lo que se hace [por norma general] es plagiar.

Y no me refiero sólo a la moda, porque también la música de hoy en día [en su mayoría] sólo se basa en samplear canciones antiguas y meterles letras nuevas, y a veces ni hasta se dignan a eso, sólo a versionar.

Las mentes creativas soy una leyenda urbana, algo que una vez existió y hoy sólo quedan tan pocas que a veces se duda acerca de su existencia. Qué triste…