El Método Cientí­fico

Método CientíficoÚltimamente algunos "cientí­ficos" [léase Meléndez-Hevia] se han pasado el método cientí­fico por el escroto. Para aquellos que quieran saber cómo funciona este milagroso método deben leer las siguientes lí­neas con el gráfico de la izquierda a mano. Sí­, esta es la guí­a oficial para el Método Cientí­fico, "The Hitchhiker's Guide to the Scientific Method".

Siguiendo estas premisas mantendremos nuestro tí­tulo cientí­fico limpio e impecable, colgado sobre el inodoro y adornando nuestros más preciados momentos escatológicos. El resto de los [verdaderos] científicos no nos veremos escandalizados con este método ya que siempre hemos tenido bien claro cómo se deben de hacer las cosas.

El origen del fallo

Un relato antes de acostarme para no perder la práctica.

Ouroboros

Mitos mosquiteros

MosquitoEsto me pasa por dejar la ventana abierta y no poner la cortina delante… Uno o dos mosquitos han entrado en la habitación y me tienen frito, los muy cabrones. Antes maté uno de un manotazo pero creo que hay más por ahí esperando a cogerme desprevenido. Son tan buenos los jodidos que saben dónde picar, en los capilares y en justo en la zona de la piel que se encuentra entre dos receptores sensitivos [nociceptores imagino]. Por eso no te enteras cuando están trabajando a no ser que se posen sobre alguna zona con vello o pasen con el típico ruido al lado de tu oreja.

No se crean esas leyendas populares acerca de estos chupópteros. No señores, los mosquitos no van al calor ni van a la sangre dulce ni nada de eso. Son unos pequeños vampiros hijos de puta, miopes casi cegatos para más señas, y que se guían por las emanaciones de `CO_2` [dióxido de carbono] de los seres vivos.

João Linguaferro

Otra historia que se me ocurrió así de pronto sólo porque escuché en la radio algo sobre alguien apellidado Ferro. Entonces hice una relación entre Ferro y algo de hierro y me imaginé alguien con la lengua de hierro, que siempre decía lo que pensaba. A partir de ahí todo salió de la improvisación.

RestJoão era un señor de piel oscura, requemada por el sol, que le hacía aparentar más de los cincuenta años que cargaba a su espalda. Nunca fue muy amigo de nadie tal vez porque siempre decía lo que pensaba sin importarle las consecuencias. Después de todo, su apellido tenía mucho que ver con su forma de ser. Las causas de su comportamiento eran atribuidas por algunos a una indiferencia total por las personas mientras que otros bajaraban la posibilidad de que estuviese loco.

Ni los unos ni los otros acertaban, ya que sólo a mí me confesó la verdad. Lo conocí la misma tarde que llegué a aquel pueblecito olvidado de la mano de dios en el bar cercano a mi apartamento. Escuché un disparo y salí corriendo para ver qué sucedía, por si había algún herido y sí que lo había.

Sobre el entarimado yacía él con su piel arrugada cubierta con sangre que manaba de su pecho. Al parecer un comentario de los suyos había molestado más que de costumbre y como respuesta había recibido un balazo.
-¡Pues sí que tengo que estar jodido si ya está aquí el enterrador!-dijo tosiendo sangre por la boca.

Me quedé paralizado a poca distancia de él por las palabras que me había dedicado, así que supuse que le habían hablado sobre mí y mi trabajo. Me repuse y me acerqué a él para intentar ayudarlo mientras todos los demás se alejaban o bien se giraban hacia otra parte, tal era la simpatía que proferían por el pobre viejo moribundo. Entonces João me agarró por el cuello y me dijo aquellas palabras al oído entre los estertores:

-Nunca quise que me apreciaran. Así nadie sentiría la muerte de este viejo…

Y allí murió, en el suelo del bar atendido por la única persona que asistió a su entierro. Por las tardes, cuando las últimas luces despuntan en el horizonte, me suelo sentar al lado de su tumba a charlar con él, porque sé con certeza que es la única persona sincera que conozco.