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Equinoccio de primavera
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Llega la primavera y dicen que altera la sangre y los corazones, aunque como yo ando todo el año de la misma manera tampoco supone demasiada diferencia salvo por los posibles brotes de alergia.
Navego a la deriva y perdido
bajo la luz de un sol mortecino
a rastras y con pasos cansados
persiguiendo a quien huye de mí.Vivo, pero a la vez algo muerto,
con un hueco en el centro del alma
que ocupara hace ya tanto tiempo
mi viejo espíritu malherido.Sufre mi corazón de agujetas
por muchos latidos derramados
por otro corazón orgulloso,
por un amor no correspondido.Un cuerpo maltrecho y dolorido
de huesos, carnes y sentimientos,
con una pena intensa en el pecho
por suspirar por quien no ha querido.Mis ojos pasean su mirada
buscando cierto bálsamo en vano
que alivie por fin el sufrimiento
de vivir con este sino amargo.
Y seguimos viendo pasar las estaciones, cambiando el tiempo, los olores y también los colores, pero hay ciertas cosas que no cambian, nunca cambian…
Conversaciones con Demian
0En el mismo parque donde había encontrado en el otoño a Alfons Beck, vi al comenzar la primavera, precisamente cuando los matorrales empezaban a ponerse verdes, a una muchacha que me llamó la atención. Yo había salido a pasear solo, lleno de pensamientos y preocupaciones desagradables porque mi salud estaba debilitada y además me encontraba constantemente en apuros económicos: debía ciertas cantidades a mis compañeros, tenía que inventar gastos necesarios para que me mandaran algo de casa, y había dejado acumular en varias tiendas cuentas de cigarros y cosas por el estilo. No es que estas preocupaciones fueran muy profundas; cuando mi estancia en el colegio tocara a su fin y yo me suicidara o fuera encerrado en un correccional, pensaba, todas estas minucias tampoco tendrían ya mucha importancia. Sin embargo, vivía constantemente cara a cara con estas cosas tan feas y sufría. Aquel día de primavera encontré en el parque a una muchacha que me atrajo mucho. Era alta y delgada, iba vestida elegantemente y tenía un rostro inteligente, casi de muchacho. Me gustó en seguida. Pertenecía al tipo de mujer que yo admiraba y empezó a ocupar mi fantasía. No sería mucho mayor que yo, pero estaba más hecha; era elegante y bien definida, casi ya una mujer, y tenía un aire de gracia y juventud en el rostro que me cautivó.
Nunca había conseguido acercarme a una chica de la que estuviera enamorado, y tampoco esta vez lo conseguí. Pero la impresión que me hizo fue más profunda que todas las anteriores y la influencia de este enamoramiento sobre mi vida fue decisiva.
De pronto volvió a alzarse ante mis ojos una imagen sublime y venerada. ¡Ah! ¡Ninguna necesidad, ningún deseo en mí tan profundo y fuerte como el de venerar y adorar! Le puse el nombre de Beatrice, nombre que conocía, sin haber leído a Dante, por una pintura inglesa cuya reproducción guardaba: una figura femenina, prerrafaelista, de esbeltos y largos miembros, cabeza fina y alargada y manos y rasgos espiritualizados. Mi joven y bella muchacha no se le parecía del todo, aunque tenía esa esbeltez un poco masculina que tanto me gustaba y algo de la espiritualidad del rostro.
Nunca crucé con Beatrice ni una palabra. Sin embargo, ejerció en aquella época una influencia profundísima sobre mí. Colocó ante mí su imagen, me abrió un santuario, me convirtió en un devoto que reza en un templo. De la noche a la mañana dejé de participar en las juergas y correrías nocturnas. De nuevo podía estar solo. Recobré el gusto por la lectura, por los largos paseos.
Esta súbita conversión me hizo blanco de todas las burlas. Pero ahora tenía algo que querer y venerar; tenía otra vez un ideal, la vida volvía a rebosar de intuiciones y misteriosos presagios; y aquello me inmunizaba. Volvía a encontrarme a mí mismo, aunque como esclavo y servidor de una imagen venerada.
Hermann Hesse. Demian
El águila y el cisne
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Iba el águila un día surcando el cielo, como era su menester, observando el mundo allá abajo en el suelo por si algo pudiese atraer su atención. Sus ojos escrutadores iban paseando de un lado a otro mientras pensaba en asuntos algo elevados para un rapaz aunque a él le entretenían en su día a día, duranten el tiempo que transcurría entre la cacería y la distracción. Barruntando en su mente ideas, y a la vez que miraba sin realmente observar, se percató de pronto de una figura que destacaba sobre la espejada superficie de un lago así que movido por la curiosidad decidió acercarse un poco más.
Comenzó a describir círculos mientras descendía lentamente para evitando de esta manera llamar demasiado la atención hasta que estuvo a la distancia suficiente como para reconocer a la conocida figura, la esbelta y elegante cisne que había conocido tiempo atrás, cuando la primavera hacía brotar colores de la tierra y la fauna del bosque bullía con la ensordecedora excitación de la estación. Decidió acercarse confiado hasta la rama del árbol más cercano a la cisne de manera que pudiesen mantener una conversación sin mucha dificultad.
Se saludaron con efusivas palabras y, aunque el águila hubiese deseado rozar su plumaje parduzco contra el blanco y algodonoso vestido de su compañera, ambos mantuvieron las distancias. El águila, tan perspicaz como casi siempre, supo que algo ocurría y decidió tomar las riendas de la conversación para llevarla al terreno sobre el que le interesaba indagar. La cisne quería permanecer dentro del lago, no quería salir de su dominio por nada del mundo y al águila no le apetecía nada mojarse en aquellas aguas que ya comenzando el otoño empezaban a estar algo frías. El águila no le daba demasiada importancia a este capricho de su compañera porque, al fin y al cabo, él era consciente que no estaba hecho para ser ave acuática y aceptaba esta limitación a la hora de estar más cerca de la cisne.
Hablaron largo y tendido, de los cambios que habían sucedido en el paisaje que les rodeada, de cómo el verde había dado paso al marrón otoñal, del hecho que las dos aves habían cambiado su modo de vida junto con el resto de los habitantes del bosque y hasta de las diferencias que habían aparecido en el plumaje de cada uno. Ninguno de los dos podía negar que disfrutaba de la conversación que le ofrecía el otro así que, después de ese encuentro y con bastante frecuencia, siempre volvían a quedar en el mismo lugar. La cisne siempre mantenía su costumbre de permanecer dentro del lago y el águila ya daba por hecho que esto no cambiaría, pero no le importaba porque estaban lo suficientemente cercanos como para poder hablar entre ellos sin ningún problema. Tan sólo cuando surgían ciertos temas que requerían una conversación en voz baja aparecían ciertas dificultades para hacerse entender y entonces se tomaban una licencia: el águila abandonaba su rama y se posaba en el suelo a la vez que la cisne se acercaba a la orilla.
El tiempo pasó y llegó el invierno, la mayor parte de las aves del bosque habían tomado la decisión de remontar el vuelo y viajar a tierras más cálidas huyendo del frío, todas menos la cisne. A ella le gustaba aquel lago, y aunque las aguas comenzaban a congelarse en algunos puntos de su superficie, y aunque el frío le provocaba molestias en su cuerpo sumergido, ella no deseaba moverse de allí. El águila intentó muchas veces en vano tratar de convencerla sobre lo que debía hacer, salir de aquel lugar y viajar a otra parte con un clima más agradable. Incluso, si no quería viajar sola él se ofrecía a acompañarla de muy buen grado, pero nada pudo conseguir. Para él era inevitable preocuparse por su compañera porque le importaba su bienestar y por eso insistía tan a menudo a pesar que la humedad de aquel sitio le calaba hasta los huesos y le provocaba dolor en sus articulaciones.
Un buen día, ya bien entrado el invierno, la cisne le pidió al águila que no volviese a hablar con ella más. Aunque el frío le hiciera temblar, a pesar de sufrir dolores en su cuerpo, ella había decidido quedarse allí en aquel lago ya casi helado por completo, aún a sabiendas de su más que seguro fatídico desenlace. El águila, como buen compañero, decidió respetar su decisión aunque no la compartía porque él, en su fuero interno, sabía perfectamente que no era la correcta y a la vez conocía cuál era la mejor opción posible; precisamente había intentado muchas veces hacer comprender a la cisne.
Se despidieron, no sin cierta amargura, y el águila ascendió buscando corrientes de aire más cálidas que le ayudasen en su viaje. Echó un último vistazo hacia abajo pero el níveo plumaje ya se confundía perfectamente con el paisaje y ni siquiera pudo lanzar una última mirada a modo de despedida ni tampoco logró comprobar si la cisne lo miraba a él allá arriba en el cielo.
Sigue siendo invierno en el lugar pero ha pasado tiempo desde ese último encuentro y la triste despedida. El águila desearía que terminase el invierno lo más pronto posible para que la primavera vuelva a hacer aparición en el bosque. Sin embargo, a menudo sobrevuela el lugar temiendo escuchar el canto de aquella compañera porque él sabe que los cisnes, antes de morir, cantan una última vez.
Pensamiento del día
0Si alguien no te calienta y reconforta el corazón es que realmente no es la persona adecuada.
Sé consciente del valor que posees y nunca permitas que nadie te trate de cualquier forma que no merezcas.
Las relaciones son como las estaciones; exuberante primavera al comienzo, agradable verano de diversión, melancólico otoño en los problemas, frío y moribundo invierno al final.
Pensamiento del día
0La realidad a veces te sorprende tanto que te hace dudar acerca de su propia veracidad.
Que el invierno sea fuera mientras florece una primavera en tu interior.
Sobre gustos no hay nada escrito, pero bien es cierto que sobre los gustos propios el único juez es uno mismo.



