La inflación de las golosinas

Hoy he tenido que pasar de nuevo por mi centro de salud para buscar el parte de baja para mi lesión, y no es que me desagrade despertarme temprano o recorrer el trayecto a pie con un calor de muerte. La cuestión es que por el camino me ha apetecido comerme un caramelo de eucalipto de aquellos que solía comprar mi tía abuela, antojos que le dan a uno, así que he entrado en un estanco para comprar un par de ellos.

-Hola, buenos días, ¿me puede dar diez caramelos de eucalipto?
-Por supuesto.
-¿Cuánto es?
-Cincuenta céntimos.

Me he quedado bloqueado durante medio segundo, el tiempo que he tardado aparecer en mi mente un flashback. De pronto recordé mi infancia, cuando iba al estanco que estaba al lado de la tienda de mi madre a comprar esos mismos caramelos de eucalipto. En aquellos tiempos todavía no había llegado el euro, así que don Paco, que era el dueño de la pequeña tiendecita, tenía que ponerse a contar uno a uno los caramelos hasta llegar a cien.

Para los que no lo sepan, un duro era el nombre coloquial de la moneda de cinco pesetas, y veinte duros era el nombre de la moneda de cien pesetas. Está claro que cada caramelo costaba en aquel entonces una peseta, pero veamos la explicación matemática de todo este asunto de la inflación.

Año 1996±2: 1 caramelo = 1 peseta = 0.006 euros = 0.6 céntimos

Año 2010: 1 caramelo = 5 céntimos = 0.05 euros = 8.3 pesetas

Inflación: 830%

Ahora me río yo de aquellos anuncios antes de la transición de la peseta al euro que decían que las cosas iban a seguir costando lo mismo. A ver, es normal que con el paso de los años los precios vayan aumentando, pero es que también lo deberían hacer los sueldos a la par y no creo que a nadie se le haya aumentado su sueldo en la misma proporción. ¿Qué es lo que ocurrió en aquel cambio de moneda? Pues que el ciudadano andaba medio perdido, no tendría capacidad mental para hacer una regla de tres simple directa y llegaría a la absurda conclusión de que un euro eran más o menos lo mismo que cien pesetas. Por otra parte, los comerciantes vieron la oportunidad de oro para aumentar su margen de beneficios aprovechando la ignorancia del pueblo y aquí estamos hoy en día.

Bueno, la cuestión es que pagué los dichosos cincuenta céntimos por diez caramelos de eucalipto y me marché del estanco con la sensación de haber sido estafado vilmente.

Autor: Abraham

Autor de Liberitas. Desde el 2004 escribiendo desvaríos

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