Vacaciones [y III]

Valle Gran Rey - a set on Flickr
Túnez - a set on Flickr

Bueno, creo que ya es hora de hablar un poco de mis vacaciones de este año.

El viaje a La Gomera fue una gozada, con mucha tranquilidad, calor y playa. La verad es que Valle Gran Rey no ha cambiado tanto desde la última vez que estuve por allí, alguna que otra cosa pero nada radical.

El viaje a Túnez es otro tema distinto. No me lo pasé mal, no puedo decir eso, pero sí que es un país para visitar una vez y no volver, y no soy el único que piensa eso sino también todo el grupo de personas con el que compartimos nuestras peripecias por aquellas tierras.

El circuito

Mención aparte merece Travelplan con una organización bastante mala del mismo, por no decir publicidad engañosa. En un principio los días de circuito eran los cuatro primeros y los de hotel y playa eran los tres últimos, lo normal teniendo en cuenta lo ajetreados que son los circuitos y lo bien que sientan unos días tranquilos después de estar tanto tiempo de un lado para otro. Pues no, los ineptos de Travelplan le dan la vuelta a la organización más razonable, impresa en su propio catálogo, una decisión muy estúpida.

La categoría de los hoteles de allí no tiene que ver con la de Canarias, ya que cualquier hotel de cualquier número de estrellas es el equivalente a uno de aquí después de haberle restado como mínimo una estrella y media, y siendo benevolentes. Mención aparte merece el hotel de Faouar, un cuchitril del tres al cuarto que ni el motel de Norman Bates, algo escalofriante. Por suerte nuestra habitación “sólo” tenía las tuberías del cuarto de baño un poco picadas, porque los otros compañeros de fatigas tuvieron que lidiar con inundaciones importantes o con una marabunta de cucarachas de diversos tamaños.

El guía siempre metía prisa, aún llegando siempre a tiempo. Conocía detalles y curiosidades de todos los lugares, para algo había sido periodista, profesor, guía y corredor de maratón en sus ratos libres. La verdad es que podría habernos hecho pasar un viaje bastante más agradable si hubiese querido, pero es lo que ocurre cuando llevas tanto tiempo trabajando en lo mismo, que te deshumanizas y luego pasa lo que pasa.

Lugares

Los oasis no son los de las películas, adiós a un mito cinematográfico. Son extensiones de tierra donde el subsuelo tiene suficiente humedad como para plantar palmeras datileras, algún árbol frutal y hierbas para echarle de comer a los animales; fin de la historia. El único oasis parecido al que nos vende Hollywood estaba perdido en medio de las montañas del Atlas, al estilo de nuestros barrancos, con un riachuelo que brotaba de la roca, nada más. Lo de Lawrence de Arabia es eso, una buena película con una banda sonora bonita, nada más.

Los pueblos son casas a medio fabricar en su mayoría y dan pinta de desorden. Las casas de los bereberes son muy similares a las cuevas que tenemos nosotros, sólo que ellos lo tienen mucho más fácil para excavar porque son rocas muy blandas en comparación con las piedras volcánicas de nuestras islas. Un dato curioso es que están encaladas en blanco no por luminosidad ni frescor ni nada de eso, es para poder ver los bichos en la pared, porque a nadie le gusta encontrarse un escorpión en cualquier lugar insospechado.

Compras

Los zocos, zouks o medinas sí que son como los que estamos acostumbrados, o al menos el de Sousse. Callejuelas estrechas abarrotadas de mercancías, gente comprando y tenderos que te secuestran [literalmente] al interior con la táctica de decirte “hola” en todos los idiomas que conocen hasta que den con el adecuado y comenzar con la siguiente fase de acoso y derribo. La más sencilla es la de “tranquilo, sólo ver, no comprar”, otros usaban algo más elaborado como “más barato que Carrefour / todo a cien / Mediamarkt / [insertar nombre de supermercado aquí]”, o el siempre socorrido “hola, hola, pepsi-cola”, que quiero que alguien me explique cómo es que todos dicen lo mismo cuando se enteran que eres español. Algunos eran más pícaros y usaban la táctica de “¿cuánto cuesta esto en España?” para luego enseñarte un salero cutrísimo y ya de ahí empezaban a mostrarte el género.

Me di cuenta demasiado tarde que regatearle un 75% por ciento el precio a un producto no es intento de estafa. Tampoco es un robo porque si no les interesa directamente pasan de ti y no te lo venden. La clave para comprar es ir acompañado por tres o más personas, que alguien del grupo tenga suficiente cara y usar la técnica del regateo extremo: pídele una cantidad insultantemente baja, intenta mantenerte en ese precio todo lo posible y, sobre todo, vete con tiempo suficiente para perder, porque si ellos son pesados tú lo tienes que ser todavía más. Si no te rebajan suficiente, haz por irte de la tienda y comenzarán a bajar los precios para evitar que salgas por la puerta.

A veces sale bien y lo consigues por ese precio, otras veces tienes que subir un poco el precio inicial de regateo pero sigue siendo bastante bajo respecto al precio original. Cuando sale mal suele suceder porque no le caes bien al vendedor, has ofrecido muy poco dinero, no practicas un regateo en el que tú vas subiendo tu oferta de manera “estándar” o bien has entrado en una tienda “Fix price” en la que los precios son los que están marcados y punto. La verdad es que debe ser gracioso ponerse a regatear en una de esas tiendas, aunque es difícil despistarse porque todo tiene etiquetas con el precio, cosa que no ocurre en las “tradicionales”.

Comida

La comida cumple con todos los estereotipos que tenemos sobre el exceso de condimentos, sobre todo en los hoteles. De todas maneras, oyendo los relatos de otros compañeros creo que no me puedo quejar demasiado atendiendo a las descripciones que hacían de las comidas de sus respectivos hoteles. Muchos se dedicaron a comer pizza y pasta ya que el resto de posibilidades no eran muy agradables. De todas maneras y como suele suceder, el último día, en uno de los bares más cutres, fue donde pudimos deleitarnos el paladar con una comida exquisita en comparación con lo que habíamos estado comiendo días antes.

No comen cerdo, como todo país islámico que se precie, y si vas en Ramadán como nos sucedió a nosotros hay que tener en cuenta que no se puede comer ni beber [ni mucho menos actividades eróticofestivas] desde el amanecer hasta el anochecer. De todas maneras, el guía nos comentó que muchos hacen Ramadán de cara al público y luego en sus casas se dedican a la buena vida. Como curiosidad, el pistacho está presente en prácticamente todos los postres, una cosa exagerada.

Mención especial

Los taxis tienen taxímetro pero el importe del viaje se negocia y se regatea previo al viaje. En cuanto a la conducción, van como locos por las carreteras, tanto como para adelantar a un coche mientras viene de frente un camión y tener que adaptarse en simultáneo los tres vehículos a una carretera de dos carriles. Afortunadamente en esa ocasión nosotros íbamos a suficiente distancia, pero he de confesar que me asusté bastante.

Lo del último día de viaje es digno de mención, ya que la amabilidad del hotel donde nos hospedábamos era rebosante y nos obligaron a desalojar las habitaciones a las doce de la mañana, hora estándar en todos lados, salvo por el detalle de que nuestra salida de ese hotel estaba programada a las once de la noche como mínimo. La odisea del último día contempló la visita a las duchas de la piscina cubierta para poder asearnos y la entrada clandestina en el comedor para robar algo de comida que echarnos al estómago y poder aguantar, en nuestro caso, hasta las ocho de la mañana del día siguiente que tomábamos el avión de vuelta a Los Rodeos.

Perder el tiempo en el hotel hasta que llegasen a recogernos, luego perder el tiempo en la guagua hasta que llegamos al aeropuerto, perder el tiempo en el aeropuerto hasta la salida del avión, perder el tiempo en el avión hasta la llegada a Madrid, perder [mucho] tiempo en Barajas hasta la salida del avión a Tenerife, perder el tiempo en el avión y, por fin, divisar el Teide y pisar tierra. En total, diez horas de ruta desde Túnez hasta Tenerife. Gracias Travelplan por hacerme odiar los aviones y los aeropuertos.

Autor: Abraham

Autor de Liberitas. Desde el 2004 escribiendo desvaríos

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