El valor de una mentira
0
Cuando tratamos a nuestros pacientes nos colocan en una posición un tanto comprometida a la hora de responder a sus preguntas. ¿Debemos ser rigurosos y asépticos? O por el contrario, ¿debemos modificar la información llegando en ocasiones a omitir ciertos aspectos y no ser fieles a la verdad? Es una decisión un tanto complicada porque, aunque soy de la opinión de informar sin sesgos, lo cierto es que en ocasiones siento que no debo ser así.
Por ejemplo, tengo una paciente de más de 90 años de edad, sin deterioro cognitivo y con secuelas de una intervención quirúrgica debido a una fractura de cadera. Es capaz de realizar la marcha únicamente en paralelas y de vez en cuando me suele preguntar “¿volveré a caminar?”. Sé a lo que se refiere, ella desea volver a coger su andadora y pasearse de un lado a otro como más le plazca y yo sé que no lo va a volver a conseguir. Mi respuesta es siempre la misma: “¡pero si ya estás caminando!”.
Ella nunca se queda contenta con mi respuesta, al igual que yo tampoco lo estoy. “Tú sabes a lo que yo me refiero, esto no es caminar” ha dicho en alguna ocasión con tono triste en su voz. “Estás todo el día sentada y aquí puedes ponerte de pie y andar al menos un rato. ¿No es eso caminar?” le contesto mientras le sonrío. Ella sonríe con melancolía mientras dice “es verdad, al menos puedo hacer esto” y sigue con sus ejercicios.
Quiero pensar que le doy ánimos para no dejar de perder el interés en, al menos, ponerse de pie un rato al día y darle algo de movimiento a sus piernas. Es lo que calma mi conciencia a pesar de no ser totalmente sincero con ella pero, ¿qué bien le haría decirle toda la verdad y nada más que la verdad?
Trabajar en el ámbito de la Geriatría tiene estos y otros momentos agridulces.
En la cola
0
Son las nueve menos veinte, no me he movido del sitio y detrás de mí hay cincuenta personas más en la detenida procesión. En estos momentos las posibilidades se agolpan una detrás de otra: me niego a esperar tanto tiempo; bueno, no tenía nada que hacer, así que me quedo; maldita sea, no he comido nada y no me importaría tomarme un café con leche acompañando con cualquier cosa; no, si me voy tendré que colocarme al final de la cola que, en vista de los hechos, puede que sea mucho más numerosa.
Al final decido quedarme en mi sitio. Decido buscar a alguien con quien poder hablar entre los que están a mi alrededor y parecen estar más predispuestos a hacer más amena la espera. Empiezo a inspeccionar a mi alrededor.
Detrás de mí hay unas chicas con miradas de soslayo con ínfulas de actrices frustradas así que es preferible no intentarlo. Por los fragmentos de conversación que soy capaz de captar sé que acabaría con malestar estomacal por la sobredosis de superficialidad y estulticia. Además, aunque pudiese echar mano del sarcasmo y conseguir la privada diversión de reírme a su costa siento que no me apetece andar con esa clase de perspicacias a estas horas.
Justo delante hay otro grupo de chicas, se ve que son más jóvenes que los especímenes que están a mi espalda. Son un claro ejemplo de que la edad biológica no es correlativa a la madurez mental, y más si las comparamos con las gallinas que tengo detrás. Sin embargo, están hablando entre ellas y no considero correcto interrumpir su diálogo.
A mi izquierda, un chico algo mayor que yo, con barba y pelo largo recogido en una coleta. Tiene algunas canas y está escribiendo en su móvil un mensaje, así que espero a que termine para comenzar con el diálogo casual. Por suerte es de esas personas con las que casi instantáneamente sabes que te puedes llevar bien porque son capaces de entender tus bromas, tienen conversación inteligente y ganas de relacionarse.
En cosa de una hora hemos creado una suerte de pequeña república independiente dentro de la cola de gente que apenas se ha movido un par de metros. Ya no somos dos, se ha unido otro chico, el grupo de tres chicas que nos precede y una dicharachera señora mayor con muchísima verborrea. Incluso las urracas han dejado de gritar y son partícipes de mis bromas aunque no las haya invitado. No importa. Nos lo estamos pasando bien y eso es lo que cuenta.
Aún me sigue sorprendiendo que, a pesar de los problemas y las dificultades, siempre hay un momento para una sonrisa. Hay que aprovechar esos pequeños descansos, no suelen durar demasiado.
Lo que pasa es que soy exigente
0Tengo que reconocer que parte de mi inspiración surge del circo que es Facebook pero no siempre es así. Ayer, anoche para ser más concreto, pude disfrutar de un espectáculo surrealista a la par que histriónicamente jocoso. Pongámonos en situación: un grupo de amigas, el primo de una de ellas y yo. De pronto sale el tema de estar soltero y que no se podían explicar cómo una de ellas se encontraba en esta situación, esto último con un tono que hubiese hecho saltar las alarmas de cualquier detector de sarcasmo.
La verdad es que me interesaba saber a qué se referían, sobre todo cuando la chica puso cara de orgullo autosuficiente mientras decía que lo que pasaba es que ella era exigente. La curiosidad hizo que me avalanzase sobre mi presa cual irbis hambriento y le preguntase qué era lo que ella pedía en un hombre.
A mí me gustan los tíos altos, rubios, fuertes, guapos, cariñosos, inteligentes y que me quieran. Ah, eso sí, que tengan pasta y que sean unos yogurines [sic].
He de aclarar que esta chica está al borde de los treinta años, lo cual no siempre presupone cierto grado de madurez mental pero podríamos decir que se debería intuir. Así que cuando escuché aquello saltó la alarma de mi detector de estupideces y le tuve que preguntar qué se suponía que ofrecía ella.

Creo que los allí presentes no se dieron mucha cuenta que más que una pregunta era un insulto combinado con una suave bofetada de realidad, pero sin acritud. Mi tesis es la siguiente: si pretendes engatusar a un tío que tiene dinero y dar el braguetazo del siglo, o eres un pedazo de tía buena [a mis ojos era diametralmente lo opuesto] que satisfaga los deseos eroticofestivos del muchacho o es que el pobre no es demasiado inteligente y no ve venir que eres una lagarta aprovechada.
Mira mi niño, yo tengo dos carreras: Biología y Ciencias Ambientales. Tú sólo tienes una carrera, y de tres años nada más, ¿no?
Esto lo lanzó como arma arrojadiza, la cual pude esquivar sin que me provocase ningún rasguño. Más bien contraataqué con un elegante estoque y le tuve que responder que efectivamente, Fisioterapia es una carrera de tres años, ahí no había discusión alguna. Sin embargo, yo no entendía por qué con dos carreras su máxima aspiración en la vida era [según sus amigas y su primo] encontrar un tipo rico que la mantuviese mientras pasaba todo el día con sus amigas tomando barraquitos y paseando por ahí. Tal vez le daba igual porque podría presentarlo a sus amigas como quien enseña un florero o viceversa, ser ella el florero de él.
Lo más trágico de todo es que lo que ella decía era completamente en serio, según corroboraron mis fuentes posteriormente. En aquel momento, por debajo de las risas de los allí presentes, se escuchó el sutil ruido de su amor propio resquebrajándose y se atrincheró tras la excusa de sentirse herida por haber sido llamada florero. Luego comenzó la parte más psicodélica de toda la noche, la terrible leyenda del novio muerto.
-Mira, yo tuve un novio…
-¿Y qué tal te fue con él?
-Muy bien, muy bien.
-¿Era alto, rubio, fuerte, etcétera, etcétera?
-Sí, y muy inteligente: hablaba cuatro idiomas.
-¿Y por qué no estás con él? ¿Qué pasó?
-Se suicidó.
-… ¿Pero dejó alguna nota en algún idioma de los que hablaba?
-No, ninguna.
-Entonces, ¿por qué se suicidó?
-Estaría deprimido.
-No me imagino por qué, la verdad…
Mis fuentes no han confirmado aún si esta escalofriante historia digna de una noche de fiesta de pijamas es real o no, pero la verdad es que suelta un tufo a mentira que tira para atrás. Yo opté por no seguir hablando directamente con ella porque estaba a mi lado y tenía un vaso de vidrio en la mano. No quería ser la próxima víctima de una psicópata, así que después de eso las últimas palabras que le dirigí fueron un escueto “hasta luego” y con bastante cuidado al darle un beso de despedida.

Retrato robot del novio fantasma
Yo por mi parte estoy tranquilo; si los terremotos de anoche no lograron despertarme dudo mucho que el fantasma de un rubio políglota me vaya a quitar el sueño.
Regalo mi vida privada
0Definitivamente, lo que ocurre en Facebook es digno de un estudio antropológico serio y riguroso. La gente parece que olvida el auténtico valor de la privacidad y se dedica a publicar a diestro y siniestro lo primero que les pasa por la cabeza.
Parece buena idea que nuestros contactos vean fotos sobre lo bien que nos lo pasamos en la última reunión de la secta religioso-sexual que nos ha captado recientemente. O qué divertida fue aquella noche de fiesta en la que acabamos tirados en el suelo al borde del coma etílico y mientras un perro nos meaba encima. No entro a cuestionar estas y otras actividades, cada uno hace con su vida lo que le da la gana, pero lo cierto es que algunas cosas no deberían salir jamás de una cámara de fotos o un móvil.

Otra conducta curiosa es la de publicar los propios sentimientos. Oye, que todos somos humanos y está bien que hagas un alarde de sinceridad, pero de ahí a desahogarte públicamente creo que va un buen trecho. Vale, estás harta de que los tíos te usen sólo para actividades eroticofestivas. ¿Qué quieres? ¿Que te dejen un billete de cincuenta euros en la mesilla de noche cuando huyen de tu cama en cuanto tienen oportunidad?
Luego están los que proclaman a los cuatro vientos cuánto se quieren y se aman y se adoran y se desean. A todas estas personas que hacen declaraciones públicas de amor, muchas gracias. De verdad, muchas gracias, porque cada vez que leo algo así compruebo la increíble capacidad de mi cuerpo para soportar la diabetes aguda transitoria y los movimientos peristálticos convulsivos. Las náuseas las controlo bien, pero la diarrea es una auténtica amenaza. No sé para qué tanta fibra, un repaso rápido al Facebook por la mañana y mi tránsito intestinal se pone en marcha como un reloj suizo.
Y bueno, no me podía olvidar de los que se ponen a llorar a moco tendido porque su pareja los abandonó… A esas personas les recomiendo un libro finalista de los premios Planeta entretenido y fácil de leer para no hacer ese tipo de tonterías, dejar de hacer el ridículo [sin acritud] y salir adelante: Adiós, amor.
Si seguimos hablando de la fauna social, también existe un grupo que se podría enmarcar a medio camino entre el escaparatismo y la ingeniería social. Siempre están en todas las fiestas y/o eventos, conocen a todo el mundo, hacen mostrar al mundo lo genial que es su vida, no se les conoce ocupación remunerada o no y siempre están o en la playa o en la piscina o en cualquier otro lugar que creen que pueda despertar envidia entre el resto de sus contactos. Se afanan en hacer saber dónde han estado, con quién y lo bien que se lo pasan, pero luego habría que comprobar cómo es su vida en la realidad, vaya usted a saber.
Y, por supuesto, luego están las portadas de revistas. Todos conocemos a alguien así, que no duda un instante en sacarse fotos con poca ropa para mostrar su cuerpo mientras pone cara de pato. ¿Qué clase de mente perturbada piensa que puede resultar atractivo poner los labios así? Bueno, sí, los que se han inyectado colágeno y las actrices porno baratas.
Por cierto, en Facebook existen unas opciones de privacidad que estoy seguro que más de uno y una desconoce. En fin, tal vez haría falta algún cursito sobre uso racional de las redes sociales.
Pensamiento del día
0Perder el tiempo es regalar tu compañía a alguien que no la sabe valorar adecuadamente.
Tener poder es tener la capacidad de hacer mucho daño a alguien y, en una muestra de benevolencia, finalmente decidir no hacerlo.
El drama de sentirse engañado no consiste en la mentira sino recordar las veces que se ha actuado en base a algo que se consideraba como una verdad.

